La Fórmula (1) de lo superficial


La Fórmula 1 ya no es motor ni velocidad: es show, lujo y apariencias en un nuevo circo del automovilismo.

Hace años que en la Fórmula 1 los autos ya no son los protagonistas, ni la velocidad, ni los motores. El aficionado común y corriente de la categoría reina del automovilismo sufrió una metamorfosis, dejó de emocionarse por el ruido de los motores y el olor a caucho quemado que dejan los autos en la pista por el desgaste de llantas, y pasó a emocionarse por la fiesta, las redes sociales y el espectáculo social que rodea a un evento de esta magnitud.

Este cambio, desde luego, no fue accidental. Desde que Liberty Media compró la Fórmula 1 en 2017, su estrategia comercial se ha caracterizado por atraer a una audiencia más interesada en el entretenimiento y show que a una que ama el automovilismo, y Netflix ha tenido mucho que ver. Su serie documental que se publica anualmente llamada “Drive to survive” (conduce para sobrevivir) ha despertado un gran interés por las historias que ocurren fuera del circuito; conflictos internos, rumores de pilotos que se van hacia otras escuderías, etc. A través del entretenimiento, Liberty Media se ha encargado de presentarle la Fórmula 1 a aquellos potenciales aficionados y, a través de la narración de historias, que en muchas ocasiones son exageradas —Max Verstappen, campeón mundial actual, dijo en 2022 que el documental finge conflictos entre los pilotos para ganar audiencia—, han conseguido cautivar a millones.

Netflix produciendo el documental Drive to Survive con pilotos | Fuente: Motorsport

Desde la perspectiva de Alejandro Pino, director de Publimetro, circuitos como el de Miami “se vuelven un evento social, de estrellas, un evento cultural que les genera millones tanto en los réditos de boletería como en la difusión y activación de marca”. Y no es difícil percatarse de eso, se nota en sus redes sociales, donde los domingos de carrera publican más fotos de cantantes y actores de Hollywood que asisten al evento, que contenido sobre la propia competición. Esto lo confirmé en carne propia cuando fui al Gran Premio de Miami el 4 de mayo gracias a la invitación de un amigo a quien le habían regalado cuatro boletas.

Llegamos con tres horas de antelación a la carrera. Queríamos tener tiempo suficiente para caminar por los alrededores del circuito y poder encontrar la zona —que aún no sabíamos cómo lucía— donde nos íbamos a ubicar para la carrera. Apenas pasamos por un muy frágil y poco riguroso sistema de seguridad en donde sólo cruzamos un detector de metal, escuchamos la música electrónica que salía de los parlantes del evento y que invitaba a los que ya les había llegado el trago a la cabeza a bailar. La zona que buscábamos se llamaba beach deck club. Nos tomó una hora en llegar al lugar y ahí confirmé lo que había notado en redes sociales: la cultura del consumo y el afán por el estatus social.

Para empezar, no era una gradería, se asemejaba más a una plazoleta grande con piso de madera en forma de semicírculo que se elevaba unos 5 metros del suelo. En el borde se encontraban unas cabañas con televisor, mesas y sofás que apuntaban directamente hacia el circuito. En principio creía que por tener acceso al beach deck club podríamos sentarnos en las cabañas. Inocente equivocación. Cada una de estas costaba 60 mil dólares y eran para entre ocho y doce personas. En la mitad de la plazoleta había una piscina, rodeada por carpas y sofás. Si querías sentarte, debías consumir mínimo 15 mil dólares en alimentos y bebidas. Con estas dos opciones, tomamos la (muy difícil) decisión de ahorrarnos el dinero y disfrutar la carrera de pie. Frente a la piscina había una pantalla enorme que transmitiría la carrera y un escenario donde un DJ ponía música y que en la noche, tras la carrera, cantaría Pitbull. La situación me obligó a fijarme en las personas, todos en vestido de baño con bebidas en una mano y el celular grabando en la otra. En las mesas habían cubetas metálicas grandes con hielo y botellas de alcohol dentro y bandejas con comida. Todo representaba excesos. Alejandro Villanueva, sociólogo y doctor en deporte explica este fenómeno a través del líbido colectivo, “este tipo de prácticas nos permiten a nosotros presumir los que no somos y que queremos ser en un mundo con unos arquetipos impostados falsos y se vende una falsa dimensión de bienestar”, dice.

El beach club deck del Gran Premio de Miami | Fuente: Crewfare

Faltaban apenas unos minutos para la largada, pero el ambiente no reflejaba la expectativa de una carrera de Fórmula 1. No había tensión, ni emoción, ni miradas puestas en la pista. En su lugar, un escenario con música electrónica a todo volumen y grupos de personas bailando como si estuvieran en un festival. Al ver los autos ya alineados, listos para salir, no pude evitar pensar en esos verdaderos fanáticos del automovilismo que sueñan con estar ahí, pero no pueden por los precios imposibles. Mientras tanto, otros asisten sin importarles el deporte, buscando solo la foto y la apariencia. Para Natalia Tautiva, estudiante y creadora de contenido sobre automovilismo, esto le molesta por el hecho de que “muchos de los invitados que van a una carrera, son gente que no tiene ni idea de qué es lo que está pasando”. Por otro lado, cree que esto le da muy mala imagen mediática a la Fórmula 1, porque si bien los hace crecer en números, tan sólo alimenta una cultura superficial y empobrece la imagen del deporte.

Al acabarse la carrera, el beach deck club cobró más vida. Subió el volumen de la música y, todos con un vaso en la mano, bailaban al ritmo de la electrónica. La pantalla grande que transmitió la carrera ahora grababa a las mujeres en vestido de baño bailando en la piscina. En los carteles de publicidad arriba del escenario se mostraban marcas de lujo que publicitaban a los productos oficiales de la Fórmula 1; el whiskey Johnnie Walker, el reloj Tag Heuer, perfumes, etc. En palabras sarcásticas de Pino, “todas los productos son top, porque la Fórmula 1 es lo más top”, insinuando que lo que quiere mostrar este deporte ha adquirido una dimensión aspiracional y de lujo, elemento que se había perdido hasta que Liberty Media adquirió la franquicia.

Finalmente, tras mucho agotamiento por el sol y las piernas que no aguantaban más, abandonamos el lugar y tomamos rumbo hacia la casa. No sin antes hacer una parada en una de las muchas tiendas que había para comprar un recuerdo de uno de mis mayores sueños de mi vida. Aquel día ganó Oscar Piastri la carrera, y qué mejor idea que llevarme una de sus gorras. Pregunté por ella con un acento inglés que creía muy afinado y sin embargo —no se si fue mi cara de latino o que mi inglés es más golpeado de lo que pensaba— la señora que me atendió me contestó en español. –Son 150 dólares–, dijo sonriente, como si la sonrisa no estuviera en sintonía con la ridiculez de precio que acababa de decirme. Pensé en la imprudencia del gasto, en las consecuencias de semejante irresponsabilidad. Pero también pensé en mi papá, que me cultivó el amor por la Fórmula 1, y en que lo más preciado que tenemos son los recuerdos. Y me quería llevar uno para la eternidad, así que lo compré. Claro que después, por curiosidad, busqué cuanto costaba esa misma gorra en Amazon, 54 dólares. Y recordé por qué un evento de este tipo no solo vende carreras, sino emociones envueltas en marketing feroz. Ahí entendí que no estaba pagando por una gorra, sino por el relato que venía con ella: el de estar ahí, de haber cumplido un sueño, de poder decir “yo estuve en ese Gran Premio”. Porque así funciona todo en este nuevo circo de la Fórmula 1: el valor real no está en lo que compras, sino en lo que proyectas al mostrar que lo hiciste.


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