Hace unos 2.381 años, nacía en la llanura central de Macedonia el niño Alejandro, hijo de Olimpia y, según la versión oficial, del Rey Filipo II. Pero en esta ocasión vamos a hacer la vista gorda y optar por la historia mitólogica, en buena parte porque Alejandro es eso: más mito que persona.
Según su madre, Alejandro era hijo de Zeus y fue concebido cuando un rayo bajó del cielo y cayó sobre su vientre. Y así creció Alejandro, convencido de ser descendiente del mismísimo Dios. Con el tiempo, tras la muerte de Filipo, Alejandro tomó el poder de Macedonia y de una Grecia que despreciaba a los macedonios -los consideraban bárbaros, mal hablados-, venció al Imperio Persa, conquistó Egipto, fundó las Alejandrías y sólo la muerte pudo frenar a quien se convirtió en el dueño de medio mundo.
Que Alejandro haya o no haya sido un semidiós no es tan relevante como que se lo creyera. Él estaba seguro de aquello y eso lo llevó a afrontar los más grandes retos con la determinación de quien sabe que un futuro glorioso, divino, lo espera. Quizás Alejandro era un elegido, uno de esos iluminados que pasan pocas veces en la historia, o quizás Alejandro -dentro de la seguridad que le brindaba creerse un elegido- se convirtió en una persona normal con logros extraordinarios que hasta la actualidad se idolatran.
Pocos años después de Alejandro -unos 2.343, para ser más exactos- en Sheffield llegaba al mundo Jamie Vardy. Como Alejandro, creció lejos de las ciudades más dominantes; a diferencia de Alejandro, Jamie tuvo que esperar durante muchos años por su glorioso destino. Con 25 años aún no sabía lo que era jugar en ligas profesional y no fue hasta los 27 que debutó en la Premier League.
Cualquiera se hubiera rendido, se hubiese quedado en el camino, pero Jamie siguió adelante. Él no derrotó a los persas, pero acabó con el dominio del Big Six y llevó al pequeño Leicester, tan relegado como la Macedonia de tiempos de Alejandro, hasta el dominio absoluto. Incluso intuyo que Jamie no se cree un semidiós, pero sólo una fe invencible es capaz de hacerte vivir en primera persona semejante camino del héroe.
No se suponía que Vardy estuviese hoy donde está. Que un futbolista formado en Non-League se despida del Leicester con la vitrina llena de trofeos es un pulso al destino. O quizás todo lo contrario. Tal vez Vardy, tan convencido como Alejandro, sabía que era capaz de lo impensable.
Bien lo dice la Biblia, en el Evangelio según Juan 14:12, donde se cuenta que Jesús dijo “el que cree en mí, las obras que yo hago, él las hará también”. Jamie Vardy llegó a nuestras vidas para recordarnos que la gloria no es exclusiva de los elegidos por la varita, sino accesible para quien cree, actúa y nunca deja de creer.
