Conocemos la historia de Patxi Iraizoz, el icónico aficionado de la Real Sociedad que recolecta insignias en sus viajes
Patxi Iraizoz, patrimonio de la afición de la Real Sociedad, nos abre las puertas de San Sebastián para hablar largo y tendido sobre su amor e historia junto al club de su vida. Patxi cuenta cómo su padre sembró la semilla de ese amor txuri-urdin que con los años no ha hecho más que crecer: «Empecé con cinco años, mi padre me llevaba al estadio y recuerdo que los jugadores bajaban del autobús; yo estaba de la mano de mi padre, con una bandera pequeña, y ellos iban y me abrazaban. Siendo tan pequeño, sientes una satisfacción que es que lo llevas dentro ya», recuerda sobre aquellos años.
Cuando creció, se casó y formó su familia, Patxi asumió responsabilidades que lo llevaban a evitar seguir a la Real a todas partes: «Sólo viajaba a lugares cercanos, ir y volver el mismo día. Mirar por la mujer y los hijos siempre será mejor que mirar por uno mismo. Tienes a la mujer, que es lo mejor que hay, y luego sobre todo los hijos. Entonces no quería perjudicarlo viendo sólo por mí, porque estaba mal. No me gustaba ir a divertirme mientras ellos estaban en casa».
En aquella época optó por acompañar a la Real Sociedad exclusivamente en incursiones cercanas, «como Bilbao o Pamplona», hasta que años después se unió a la Peña Luis García: «con ellos eran diez viajes al año. Un viaje a Barcelona nos salía quizás a unos cien euros: pasajes, hotel cuatro estrellas y entrada al estadio. Entonces eso no lo notaba tanto, porque iba juntando dinero poco a poco. Y luego cuando me divorcié ya eran siempre diez viajes al año, a Barcelona, Valencia, Bilbao, Santander, por todas partes».
Fuera de las canchas, Patxi se ha tenido que enfrentar a varios golpes bajos de la vida. Uno de ellos fue un grave accidente en una construcción que casi acaba con su vida. «Fue en una casa, estaba casi terminada ya, habían quitado la seguridad de delante para poner los hierros del balcón», detalla. De repente, algo cayó desde arriba, lo golpeó y lo hizo caer a la calle: «creían que estaba muerto». Patxi cuenta que quedó herido de gravedad, con daño en las costillas, manos, rodillas y tantas otras partes del cuerpo, además de haber perdido casi la totalidad de su dentadura. Pero además denuncia que, después de aquello, el proceso judicial estuvo lleno de irregularidades y no pudo cobrar lo que le correspondía.
El otro episodio trágico en la vida de Patxi fue la muerte de una de sus hijas, Mónica. «Que se te muera una hija te hace polvo la vida», dice Patxi, quien decidió hacerle una promesa a su niña: «iba a un sitio, a Madrid por ejemplo, y preguntaba dónde vendían insignias del Real o el Atleti; la compraba, la guardaba en el bolsillo y cuando llegaba a casa las ponía en la gorra». Esa gorra se ha hecho famosa en San Sebastián y el mundo del fútbol, pues en ella se guardan las memorias de viajes a más de setentas estadios distintos.
Entre tantos viajes las anécdotas sobran, pero de todas las ciudades y estadios donde ha estado Patxi guarda un grato recuerdo de Manchester; no tanto, en cambio de Madrid. El aficionado donostiarra vivió en primera persona las confrontaciones con los ultras del Atlético de Madrid e incluso estuvo cerca de morir. «Me rodearon entre nueve y uno de ellos me pegó una patada. Me agarraban la gorra y yo miraba hacia el cielo, ‘que no me quiten la gorra’. Uno de ellos llevaba unas botas de suela gorda, y esto lo recuerdo muy claro, parece que lo veo aquí, dio un golpe en el suelo con la bota y salió una navaja. Yo vi eso y pensé que me iban a matar. Miré al cielo y dije ‘Mónica, ahora me toca a mí’, yo estaba perdido, pero tuve la suerte de que pasó un autobús, bajaron cinco o seis de la Real y me salvaron».

